Sin dudas la lectura obligatoria del fin de semana es la deslumbrante nota de Jorge Fernández Díaz del sábado en La Nación. Sin embargo, un párrafo de la editorial de Joaquín Morales Solá, de la edición dominical del mismo diario fue lo que me disparó a escribir hoy:
“Los Kirchner no hablan del futuro. No existió el porvenir en ninguna expresión del Bicentenario. Su pelea permanente es con la historia en un incesante combate cultural. Luchan por instalar una visión ideológica de las luchas armadas de los años 70, por el predominio de políticas económicas de los años 50 y, ahora, por ganarle la batalla al Centenario de 1910”. (Morales Solá, La Nación)
Esta modalidad nostálgica que se nutre del pasado para configurar discursos del presente en el ámbito político y económico, también se aplica en el ámbito "mediático". Luego de la Segunda Guerra Mundial, el escenario resultante era desolador, pero no sólo por los millones de cadáveres y atrocidades que todavía espesaban el aire de todo el planeta. Algunos intelectuales europeos comenzaron a mirar con horror, como la cultura de masas que había empezado unos años antes, sobre todo en Estados Unidos, había sido muy funcional a los intereses nazis, gracias a su exitosa propaganda en manos del famoso Joseph Goebbels. En ese contexto -unos años antes- se constituye una de las escuelas más importantes a nivel de teorías comunicacionales de toda la historia conocida como La Escuela de Frankfurt o “teoría crítica”. Estos teóricos, elitistas y apocalípticos (parafraseando a Umberto Eco) apuntaron a los medios masivos de comunicación como el enemigo número uno de la sociedad. Decir "cualquier semejanza con la actualidad no es pura coincidencia" sería demasiado trillado.
A este punto quería llegar para poner la pelota debajo de la suela y comenzar a armar la jugada. “El primer vicio de esta imagen del pasado es el anacronismo, que para la historia es, como dice Eric Hobsbawm, más peligroso que la mentira”, escribía hace unos días Carlos Pagni en La Nación. Un anacronismo es la “incongruencia que resulta de presentar algo como propio de una época a la que no corresponde”. Max Horkheimer y Theodor Adorno, escribieron “Dialéctica del Iluminismo”, uno de los textos fundamentales de la teoría crítica, en 1944. De más está decir que claramente traspolar las realidades de aquella época a las de hoy en día sería un flagrante anacronismo. Y no sólo por el contexto sociopolítico. Las teorías de Frankfurt, son de los primeros pensamientos sobre el rol de los medios de comunicación que acababan de nacer. Sería –con perdón por el simplismo- como juzgar a un adulto, con los mismos parámetros que aplicamos con un bebé.
Se hablaba del carácter totalitario y narcotizante de los medios de comunicación. Y para ello se tenían en cuenta supuestos teóricos que con el tiempo fueron cambiando drásticamente. El público era inexperto, tenía ante sus ojos por primera vez semejante estallido de radios, diarios, y la incipiente televisión. Hoy, con más de cinco décadas de experiencia, sería cuanto menos, demasiado cándido comparar ambos públicos. Además, cambió completamente la mecánica de los “mass media”. En su afán por capitalizar el poder que veían que tenían (el cual existe, esto no es una negación del mismo) emitían mensajes a un público masivo, homogéneo, sin distinción alguna. Hoy, en cambio, los pilares del sistema se han modificado y mucho. La estrategia actual es individualizar lo más posible a cada público, separarlo según gustos, costumbres, estilos, es decir, en nichos o targets. Los intelectuales de Frankfurt, decían que por apuntar a un inmenso grupo de gente sin diferenciaciones y sin ofrecer alternativas en los contenidos que se repetían constantemente, el sistema de los medios masivos de comunicación era totalitario, adoctrinante, narcotizante y tenía un efecto inmediato en el pensamiento del público (manipulaban sin intermediación según las ideas conductistas de causa - efecto). Porque de esta manera la sociedad no tenía elección. Estaba expuesta a una producción cultural concebida con las mismas características de la producción industrial. Incluso acuñaron el oxímoron Industria Cultural para referirse a estos fenómenos. Este término que nació como una fuerte crítica al sistema, hoy en día se usa ya sin esa carga negativa que tenía en sus comienzos.
Entonces, el individuo era preso del mismo mecanismo de dominación en su trabajo y en su momento de esparcimiento. El modelo de producción capitalista en las fábricas era el mismo que utilizaba Hollywood para realizar sus películas. En lugar de utilizar sus horas de descanso para alimentar su espíritu con obras únicas como cuadros u operas extraordinarias, entregaban su tiempo a una cultura vulgar y perversa que le aniquilaba el espíritu crítico. Era tal el rechazo que estos pensadores tenían ante los nuevos medios, que se colocaron abiertamente en contra del cine, por no tener ese “aura” que genera estar frente a una manifestación artística única e irrepetible como es una obra teatral. No hay que tener una imaginación muy frondosa para sospechar, entonces, la repulsión que les provocaba la televisión.
Algún ortodoxo puede decir que la “variedad” de hoy no es más que una sofisticación del mismo sistema, y puede que tenga razón. Pero si concebimos una sofisticación del sistema, sería conveniente empezar a plantearnos sofisticar también el pensamiento.
No es sólo el gobierno, los propios medios también tienen una concepción sobrevalorada de su poder real. Es políticamente correcto, queda bien, es un símbolo de inteligencia en algún sector de la sociedad decir “yo no me trago el caramelito mediático, yo tengo pensamiento crítico, yo no me dejo manipular por Clarín y no veo la porquería de Tinelli que te idiotiza”, ese pensamiento -que particularmente me irrita hasta el hartazgo- es la representación cabal de que es más potente la idea de que los medios manipulan libremente a una masa de ignorantes, que lo que realmente sucede.
Finalmente, la historia demuestra que los grandes hitos sociales, lejos de ser guiados, creados o manipulados por los medios, son protagonizados por el pueblo en forma espontánea y los diarios, las revistas, la televisión, corren desde atrás sin entender lo que sucede.
martes 1 de junio de 2010
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